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lunes, 22 de mayo de 2017

SEÑALIZACION ENTRE INTESTINO Y CEREBRO, cuando tu intestino elige tu dieta




Hasta de ahora se ha estudiado mucho la flora intestinal (microbioma) que se fomenta en las personas obesas y que metabolizando alimentos y fibra hace que se mantengan obesas. Las personas que no son obesas y comen de forma saludable tienen más diversidad en la flora intestinal que las que comen muchos dulces y grasas. Estas personas obesas tienen más especies de bacterias desfavorables que eliminan a las especies beneficiosas.

La microbioma se nutre, entre otras cosas, de fibras, que son elementos que se encuentran en nuestra alimentación, pero que no podemos ni digerir ni absorber.

La fibra alimentaria se encuentra de forma abundante en todas las frutas y hortalizas. Resultan indispensables, por una parte, porque regulan el tránsito intestinal y, por otra, porque son necesarias para el mantenimiento del epitelio intestinal.

Pero las bacterias también necesitan proteínas y cuando no obtienen la necesarias debido a que la dieta  en deficitaria en aminoácidos, producen señales que van hasta el cerebro y provocan la ingesta de alimentos ricos en proteínas.

Este proceso acarrea la producción de ácidos grasos de cadena corta que, aunque parezca un milagro, son precisamente el alimento del que se nutren las células del epitelio. Así pues, favorecen su mantenimiento y, cuando se deteriora, permiten su reparación.

En efecto, el intestino produce ciertos neurotransmisores, como es el caso de la serotonina (la hormona de la felicidad), de ciertas enzimas (peptidasas y lactasa) y de vitaminas (sobre todo B12 y K), así como de numerosas moléculas mensajeras del sistema inmunitario (ARNm). Estas sustancias pueden influir en el estrés que padezcamos e incluso determinar nuestro carácter. Y prueba de ello es que si se le practica un trasplante de microbiota intestinal de un ratón aventurero a los intestinos de un ratón temeroso, éste último se vuelve más valiente.

Por otra parte, estas bacterias parecen ser capaces de producir compuestos químicos que regulan el apetito, la digestión y la sensación de saciedad.

Una investigación apoyada en parte por el proyecto financiado por la Unión Europea FLiACT ha demostrado que las bacterias intestinales se 'comunican' con el encéfalo para controlar la comida que elige su huésped, e incluso identificó dos especies concretas de bacteria que podrían influir en las decisiones sobre la dieta.

La alimentación influye en el equilibrio microbiano del tubo digestivo. Al decidirnos por un bocadillo de panceta o uno de queso puede que estemos aumentando un tipo de bacteria en el intestino y reduciendo la población de otro. Al variar su proporción, secretan sustancias diferentes, activan otros genes y absorben nutrientes distintos.

Ahora, en un artículo publicado en la revista de acceso abierto PLOS Biology, un equipo de neurocientíficos explica que ha descubierto qué tipos concretos de flora bacteriana ayudan al huésped a detectar qué nutrientes faltan en los alimentos y calcular con precisión aquellos que el huésped necesita consumir.

El equipo ejecutó experimentos con la mosca del vinagre Drosophila melanogaster, un organismo modelo que permitió observar las interacciones complejas de la dieta y los microbios y su efecto sobre la preferencia por un alimento u otro.

·         En primer lugar alimentaron a un grupo de moscas con una solución de sacarosa que contenía todos los aminoácidos necesarios.

·         Otro grupo se alimentó con una mezcla que tenía algunos de los aminoácidos necesarios para crear proteínas pero que carecía de otros esenciales que el huésped era incapaz de sintetizar.

·         Al tercer grupo de moscas le eliminaron los aminoácidos esenciales de la comida uno a uno para determinar cuál era el detectado por el microbioma.

Setenta y dos horas después, se ofreció a las moscas de los tres grupos un menú compuesto por la solución azucarada de antes y una levadura rica en proteínas. Los resultados mostraron que las moscas a las que les habían retirado los aminoácidos presentaron menos fertilidad y una preferencia mayor por la comida rica en proteínas. De hecho, el equipo descubrió que la eliminación de un único aminoácido esencial bastaba para aumentar el apetito de las moscas por los alimentos ricos en proteínas.

El equipo de investigación comprobó a continuación el efecto sobre la elección de alimentos de cinco tipos distintos de bacterias presentes normalmente en el intestino de la mosca del vinagre en libertad.

Los resultados superaron las expectativas, pues dos especies concretas de bacterias (Acetobacter pomorum y Lactobacilli) pudieron eliminar el interés agudizado por la comida proteínica de las moscas que se alimentaron con un menú en el que faltaban aminoácidos esenciales. "Con el microbioma adecuado, las moscas del vinagre pueden afrontar esta situación nutricional desfavorable", comentó Zita Carvalho-Santos, miembro del equipo.

"En la mosca del vinagre, existen cinco especies bacterianas principales, mientras que en los humanos hay centenares", añadió Patrícia Francisco, coautora del estudio. De ahí la importancia de utilizar modelos animales sencillos para conocer mejor los factores que podrían resultar cruciales para la salud humana.

Pero todos se preguntaban por el modo en el que las bacterias podrían influir sobre el encéfalo para alterar el apetito. "Nuestra hipótesis inicial fue que estas bacterias podrían estar aportando a las moscas los aminoácidos esenciales que les faltaban», explicó Santos. No obstante, el equipo se dio cuenta de que los experimentos no confirmaban esta hipótesis. Las bacterias intestinales "parecen inducir algún tipo de cambio metabólico que influye directamente sobre el encéfalo y el organismo y que simula un estado de saciedad proteínica", explicó Santos.

Los microbios intestinales podrían tener sus propias razonas evolutivas para comunicarse con el encéfalo; se alimentan de lo que ingiera el huésped y precisan que los huéspedes sean sociales para propagarse por la población. Los datos se limitan por ahora a los modelos animales, pero Ribeiro cree que la comunicación entre el encéfalo y los intestinos puede ser un terreno fértil para el desarrollo de tratamientos para humanos. "Es una vía terapéutica interesante que algún día podría aprovecharse para mejorar comportamientos relacionados con la dieta", concluyó.


Y de:
http://journals.plos.org/plosbiology/article?id=10.1371/journal.pbio.2000862

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